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Goberna & Derecho
 
Contenido
Joffre Campaña M.
Denuncia por alteración de texto de la constitución
Aparicio Caicedo
Economía Constitucional
Jaime Rodríguez-Arana
Izquierda y problemas sociales
César Montufar
¿Régimen de transición o golpe de estado?
Andres Carvallo
Convénzame para votar SI
Luis Sánchez Baquerizo
El NO como una elección moral
Marco Elizalde Jalil
¿Tienen los entes regionales potestad legislativa?

El periódico GOBERNA
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Año 2 - Número 20 - Agosto de 2008 - Guayaquil, Ecuador
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ECONOMÍA CONSTITUCIONAL

Por: Aparicio Caicedo
• Director del Área de Política y Regulación del Comercio Internacional de la Cátedra Garrigues de Derecho Global, Universidad de Navarra.
• Analista Político del Think Tank Maiestas (España).
• Máster de Derecho  Internacional Público.
• Analista del Gertrude Ryan Law Observatory  (España - E.E.U.U.)
• Analistas del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas

Cuatrocientos cuarenta y cuatro artículos son muchos artículos, son cuatrocientas cuarenta y cuatro elaboradas promesas difíciles de cumplir. La propuesta de la Asamblea, sin duda, constituye un complejo, detallado y extenso decálogo de principios económicos. ¿Acertados o no?, quién sabe a ciencia cierta cuál es el camino que nos conducirá al progreso. Puede ser el socialismo reinventado de este siglo o las tesis recalentadas del liberalismo ortodoxo. ¿Pero si ambos extremos ya han demostrado hasta el cansancio que no funcionan? Sí. Pero una mezcla de los dos quizás es la solución. Entonces, ¿cuáles son las medidas exactas? Nadie lo sabe. Y es que, en economía, como en muchas otras ciencias sociales, nos podemos equivocar. Como de hecho lo hacemos muy a menudo. No obstante, los ingenieros sociales de Montecristi parecen tener todas las respuestas, todas.

No pasa un día sin que los más reconocidos especialistas desacrediten o rectifiquen ideas que en el pasado se daban por dogmas de fe. Cuantas corrientes ideológicas no han pasado por este mundo. Los más grandes intelectuales, en algún momento de sus vidas, han cambiado de parecer al darse cuenta que seguían el sendero equivocado. Preguntas demasiado complejas y además, las preguntas cambian en cada momento. La historia es la misma de siempre: El éxito de las políticas económicas de un gobierno no depende de ideas preconcebidas ni tabús, sino a la creatividad, preparación y prudencias de quien lleva las riendas. Imaginemos por un momento que, durante todas los excentricismos ideológicos que vivimos en los setentas, hubiésemos escogidos una Constitución marxista-leninista-con toque de maoísmo- y una pisca de guevarismo light. Bueno, muchos por esos años la hubieran apoyado. Porque esas ideas eran la panacea de la salvación para más de uno. Hoy, lógicamente, reconoceríamos que eso sería un error. Y porqué. Porque, en economía, nos equivocamos con frecuencia. Por ello, nos podemos hipotecar nuestro futuro a las fanfarrias intelectuales del momento, al menos no un proyecto institucional destinado a perdurar. Ya vemos lo que pasó con las reformas que neoliberales que aplicaron nuestras mediocres élites durante la década de los noventa, más por verdadera ignorancia y ciega sumisión que por mala voluntad.

Es por esto precisamente que, hace muchos años, el juez Oliver Wendell Holmes Jr., legendario miembro del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, en uno de sus históricos votos disidentes, señaló: “Una constitución no tiene una finalidad de encarnar una teoría económica particular, ya sea la del paternalismo… o la del laissez faire. Una constitución se hace para gente de ideas fundamentalmente dispares, y la casualidad de que encontremos ciertas opiniones naturales o familiares, o novedosas, o incluso chocantes”. Por aquel entonces, un puñado de jueces conservadores mantenía en suspenso el plan económico del presidente Franklin Delano Roosevelt, un programa de gran intervención estatal conocido como New Deal.  Ese paquete de medidas salvó a Estados Unidos de los estragos de la Gran Depresión, llevando a esa nación a experimentar su periodo de mayor prosperidad. No se necesitó de ningún rediseño constitucional.

El gran arquitecto de la Constitución de los Estados Unidos, James Madison , con la claridad y simpleza que caracteriza a los intelectuales verdaderamente trascendentes, señalaba hace más de dos siglos: “El gran desiderátum en materia de gobierno es operar sobre la soberanía de tal forma que pueda ser suficientemente neutral con respecto a las diferentes partes de la sociedad como para evitar que una parte invada los derechos de las otras y que al mismo tiempo la soberanía se encuentre suficientemente controlada en sí misma como para generar un interés opuesto a la sociedad entera”.

Tanto como si triunfa el sí como el no, el evento plebiscitario de ratificación no será más que un show en el que prevalecerán los prejuicios de lado y lado. Pocas personas están seguras de cuál es el horizonte económico a seguir, menos aún serán las que se lean realmente la Constitución. ¿Qué hace que un grupo de hombres y mujeres, por buenas intenciones que tengan, puedan perennizar sus concepciones económicas? ¿Qué tal si se equivocan de rumbo los asambleístas y, con ellos, el Ecuador entero? En se caso, ¿tendremos nuevamente que reinventar la rueda de la convivencia social? Sería más lógico idear una estructura institucional más flexible, que nos permita simplemente consultar la brújula y buscar el camino perdido.

Ningún principio económico tiene atractivo universal o eterno, eso lo saben todos los economistas. No obstante, los dogmáticos, de izquierda o derecha, son reacios a aceptar que las sociedades son demasiado complejas como para ser abarcadas por posición doctrinal alguna. Un auténtico ejercicio de economía constitucional hubiera comenzado por ahorrar más en superchería ideológica, tanta palabrería. Lo que pasa es que los intelectuales, como el nuevo rico que se gasta su dinero con ansiedad para demostrar, tienden a experimentar con cualquier vanguardia teórica, sea aprendida en Flacso o en Harvard, ¡Da igual! Así es. Lo malo es que las novelerías constitucionales, como las extravagancias arquitectónicas, pasan muy rápido de moda.

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